ORIGEN DEL
SISTEMA SOLAR Y DEL
PLANETA TIERRA
Material de Lectura N°
08
Mientras
las estrellas enriquecían los cielos que las habían creado, éstos dieron origen
a nuevas generaciones de estrellas, y estas descendientes poseían suficiente
riqueza para construir mundos concomitantes, con mares de sal y pozos de cieno,
con montañas y desiertos y ríos de oro.
En su nacimiento hace unos
cinco mil millones de años, la estrella que es nuestro Sol surgió de una vasta
nube de hidrógeno frío y viejo polvo de estrellas en una región escasamente
poblada de la Vía Láctea. Cualquier perturbación, como por ejemplo la onda
expansiva de una explosión estelar cercana, debió de tener repercusiones en
aquella nube y precipitó su desplome: átomos muy dispersos gravitaban en
pequeños racimos que a su vez se agruparon
y siguieron juntándose a una velocidad cada vez mayor. La súbita
contracción de la nube aumentó su temperatura y la hizo girar. Lo que había
sido una expansión difusa y fría de forma indeterminada era ahora una “nebulosa
protosolar” densa, caliente y esférica, a punto de nacer como estrella.
La nebulosa se aplastó formando un disco con un
abultamiento central, y allí, en el
corazón del disco, nació el Sol. En el momento en el que el Sol inició su
fusión auto destructiva de hidrógeno en el infierno de su núcleo, a muchos
millones de grados, el empuje hacia afuera de energía detuvo el desplome
gravitatorio hacia adentro. A lo largo de unos cuantos millones de años, el
resto del Sistema Solar se formó con el gas sobrante y el polvo que rodeaba al
Sol recién nacido.
El polvo ubicuo del Sistema Solar primitivo –motas de
carbón y de silicio, moléculas de amoniaco, cristales de hielo- se unió poco a
poco formando “planetésimos”, que eran las semillas o las primeras fases de los
planetas.
Al tiempo que se ensamblaban, los planetas afirmaron su
individualidad, pues cada uno incorporó las sustancias singulares de su
emplazamiento en la nebulosa. En la zona más calurosa, al lado del Sol,
Mercurio se materializó a partir, sobre todo, de polvo metálico, mientras que
la Tierra y Venus maduraban allí donde proliferaban el polvo de roca y también
de metal. Más allá de Marte, decenas de miles de planetésimos rocosos se
aprovecharon de abundantes suministros de carbono, pero no lograron amalgamarse
para formar un planeta importante. Estos rebaños de mundos sin terminar,
llamados “asteroides” aún vagan por la amplia región situada entre Marte y
Júpiter, y su territorio, el “cinturón
de asteroides”, marca la gran línea divisoria del Sistema Solar; en la parte
más cercana al Sol se extienden los planetas terrestres; en la parte lejana,
crecieron los gigantes fríos y gaseosos.
Los planetésimos a mayor distancia del Sol y a temperaturas
inferiores asimilaron provisiones de agua helada y unos componentes que
contenían hidrógeno. El primero en alcanzar unas proporciones apreciables
atrajo después grandes cantidades de gas de hidrógeno y lo conservó, y de este
modo se formó Júpiter, el planeta colosal cuya masa es el doble que la de todos
los demás juntos. Saturno también se agrando con gas. Más alejados del Sol,
donde el polvo era aún más frío y escaso, los planetésimos tardaron más en
desarrollarse. Para cuando Urano y Neptuno
hubieron alcanzado suficiente masa para abastecerse de hidrógeno, la
mayor parte de ese gas ya se había disipado. A un paso de Plutón en el llamado
cinturón de Kuiper solo había fragmentos de roca y hielo.
Durante el periodo de formación de los planetas, por todo
el joven Sistema Solar, volaban proyectiles. Los mundos pequeños y distintos
chocaban, cuerpos de hielo se estrellaban contra la Tierra y desalojaban varios
océanos de agua. Lluvias de cuerpo rocosos causaban incendios y destrucción. A
este proceso Iván Zafronov, físico ruso lo llamó la Teoría de la Acreción
(crecimiento).
Uno de estos cataclismos, hace cuatro mil quinientos millones
de años, un cuerpo volador, aproximadamente del tamaño del planeta Marte
(aproximadamente la mitad de grande que el tamaño de la Tierra) cayó sobre
nuestro planeta. El impacto y el
levantamiento lanzaron desechos fundidos al espacio próximo, donde orbitaron
como un disco antes de enfriarse y fundirse para formar la Luna.
La violencia de este periodo de acreción disminuyó poco
después, hace unos cuatro mil millones de años, en un paroxismo final
expresivamente “el último gran bombardeo”. En aquellos tiempos remotos, muchos
planetésimos todavía errantes se estrellaron contra planetas existentes.
Infinidad de otros cuerpos pequeños fueron expulsados por la fuerza, en virtud
de las interacciones gravitatorias con
los planetas gigantes, fuera del Sistema Solar exterior.[1].
ESTRUCTURA DEL PLANETA TIERRA.
Con el paso del tiempo la Tierra se fue enfriando, formándose una costra negra con el material menos denso que flotaba, este material menos denso estaba formado mayormente por aluminio y sílice, minerales que existen en mayor cantidad en la superficie del planeta.
Los materiales más densos y más pesados se hundieron, bajando al fondo del planeta, estos materiales fueron el Níquel y el Hierro. Debido a la presión, el calor, a la gravedad y al peso de las capas superiores el núcleo se fue condensando formándose un núcleo interno sólido, rodeado por una capa de una consistencia casi líquida.
Entre la costra superficial bastante delgada y el núcleo sólido y liquido, se formó una capa intermedia llamada los mantos, masa de minerales, rocas y otros elementos Esta es una capa en constante movimiento debido a las corrientes de convección que se elevan del núcleo, y son las que dan vida geológica al planeta, son la causa del movimiento de las placas tectónicas, la formación de los continentes y de las catástrofes sísmicas del planeta.




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